Warning: session_start(): open(/var/cpanel/php/sessions/alt-php84/sess_7ds9jpuo8oclip5ec03r08t2o0, O_RDWR) failed: No such file or directory (2) in /home/ejurccil/public_html/blog/wp-content/themes/ccelp/functions.php on line 2

Warning: session_start(): Failed to read session data: files (path: /var/cpanel/php/sessions/alt-php84) in /home/ejurccil/public_html/blog/wp-content/themes/ccelp/functions.php on line 2
Visitar en ciudades vibrantes. Ciudadanía y convivencia con wak’as, ajayus, memorias y conflictos - CCELP
Diversidades sexuales

Visitar en ciudades vibrantes. Ciudadanía y convivencia con wak’as, ajayus, memorias y conflictos

Cultura y Ciudadanía

Jiwasa

29 de enero de 2025

Bernardo E. Rozo López [1]

Antecedentes: la fuerza del hacer

Hace pocos días, el Programa Cultura y Ciudadanía JIWASA, del Centro Cultural de España en La Paz (CCELP), convocó al Laboratorio de Estudios Ontológicos y Multiespecie para que guie una de sus Jornadas programadas para este año. Para tal efecto, nuestro Laboratorio propuso realizar una visita de integración con la wak’a 27 de Mayo. El presente trabajo es una crónica y también una reflexión crítica sobre varios aspectos que estuvieron implicados en dicha experiencia.

¿Por qué se hizo esta convocatoria? El año 2019 tuve la oportunidad de fundar el ONTOlab/multiESP al interior del Instituto de Investigaciones de Antropología y Arqueología (IIAA – UMSA). Desde entonces, nuestro espacio se dedica a la investigación transdisciplinaria y posthumanista, albergando proyectos muy diversos que estén dispuestos a integrar distintas matrices filosóficas de los pueblos antiguos con debates académicos contemporáneos. Desde abordajes en primera persona, procuramos hacernos cargo de varios de los problemas sensibles que nos afectan en la actualidad como habitantes de las ciudades.

Wak’a 27 de mayo. Imagen por: Mauricio Aguilar

Entre los objetivos del ONTOlab/multiESP, no solo están diseñar y debatir a diferentes niveles los resultados de sus investigaciones, sino también compartir experiencias y conocimientos. Una forma específica de compartir aquello, es a través de la educación práctica de la atención, lo cual ocurre a través del Programa de Educación de la Atención para Investigadores (PEAPI) desde el cual, entre otras alternativas, desarrollamos actividades dedicadas a la interacción afectiva con el entorno como una forma práctica orientada a construir conocimientos; entrenar la percepción sensorial (descubrir modos distintos de experienciar y de hacer conciencia); y estructurar y sostener nuestra interacción con seres vivos no–humanos a través de cuidados rituales. De hecho, quienes han participado en este programa no son solo académicos sino personas que buscan respuestas al desafío de saber convivir con diversas formas de vida, y de poder sostener aquello en el tiempo.

En el ONTOlab/multiESP estamos procurando “hacer mejor” para “aprender mejor”, lo que implica caminar en territorios plagados de múltiples formas de vida. Sobre esta base es que realizamos el encuentro en la wak’a 27 de Mayo. A lo largo de toda una jornada sostuvimos distintas formas de cuidado mutuo, necesarias para aproximarnos a un lugar singular y recorrerlo con actividades específicas de vinculación. Muy al principio de la jornada, recurrimos a formas de interacción con la coca y el tabaco, para atender pesares emocionales que podrían limitar la experiencia (y la atención), y así definir con claridad el corazón con el que estamos caminando. En ese momento inicial emergió algo interesante. Varios de los asistentes manifestaron haberse soñado con el lugar la noche anterior a la visita, lo cual ocurrió sin haberlo conocido previamente. Eso puso en evidencia la forma anticipada en que algunos comenzaron esa vista, a través de sueño.

Posteriormente, fuimos pidiendo permiso a las entidades del territorio, presentándonos de manera gradual, personal y grupalmente, en diferentes lugares antes de llegar a la cabeza principal de la wak’a, explicitando las intenciones que explicaban nuestra presencia en el lugar. En este ingreso y recorrido gradual, descubrimos poco a poco otra atmósfera, otra sonoridad, otra espacialidad y otras corporalidades. Desarrollamos actividades en movimiento, con formas de improvisación, de cuidado y de comunicación, interviniendo modos de percibir, de hacer y de estar con relación al entorno. Fue interesante percibir múltiples presencias que a la vez nos percibían y se comunicaban con nosotros en formas tan distintas al lenguaje hablado. Reconocimos inclusive que aquel territorio estaba habitado por muchas wak’as que ya sostenían distintas formas de conviviencia con otros seres, antes de nuestra llegada.

Más tarde, compartimos alimentos entre todos los presentes, destacando la importancia de agradecer los alimentos y bebidas, y la oportunidad de poderlos compartir con el mismo territorio. Luego de eso, sostuvimos un círculo de palabra entre los participantes, lo cual permitió intervenir formas de pensar al descubrir que la experiencia vivida afectivamente permite reconocer formas de vida y modos de vivir, dinámicas vitales y convivencias intencionadas que conforman un territorio. En efecto, para muchos de los presentes, la experiencia destacó cómo cuerpos distintos se encuentran, reavivando memorias que ya poseemos, con disposiciones que nos permitieron entender nuestros cuerpos desde un territorio habitado (que también es un cuerpo). Caminar, respirar, escuchar, mirar, tocar, oler, dejaron de ser asuntos de “sentido común”, y pasaron a ser canales para descubrir la ciudad, sus rincones, sus conexiones, su lugares ocultos y ocultados, sus arquitecturas, disposiciones, dinámicas y procesos. De esta manera, tuvimos la oportunidad de experienciar de otra manera lo que es una wak’a, la “naturaleza”, la ciudad. Y desde esa experiencia, en este texto me permito hacer algunas interpelaciones sobre medioambiente y ciudadanía que considero necesarias.

Una wak’a, las wak’as: el medioambiente como problema

El naturalismo paisajista y la separación entre naturaleza y cultura (Descola, 2012; Viveiros de Castro, 2004) nos dicen que estamos rodeados por una sola naturaleza. Más que un asunto real, esta es una forma hegemónica de pensamiento, presente no solo en la Academia sino también en la sociedad nacional. Es una forma de construir conocimiento basada en ver, medir y cuantificarlo todo; célebres objetivos que podrían ser logrados solo si se mantiene una distancia racional, objetiva y neutra con la “naturaleza”.

Esta sería la cuna del pensamiento científico moderno y del concepto de “naturaleza”. Así, asumiendo la capacidad de desmantelar el mundo, tal como hace el relojero con las piezas de un reloj que yacen inertes e inventariadas sobre la mesa de su “laboratorio”, este pensamiento ha consolidado el antropocentrismo (somos una especie excepcional, situada en la cúspide de la inteligencia; y el culturalismo (una diversidad de creencias y símbolos que son válidos solo localmente); y, en oposición a los dos anteriores, el biocentrismo (la naturaleza es una sola, el mundo está constituido por “recursos” inertes y carentes de vida, a los cuales debemos explotar para satisfacer nuestras necesidades). Este es el sentido común que define los conceptos de paisaje, medioambiente, recursos naturales y multiculturalismo. Esta lógica instaura las ideas de que somos una especie excepcional que está por encima de las demás especies, y que nuestra especie ejerce el tutelaje de la naturaleza y toma control sobre ella.

No obstante, estas ideas no son aplicables a la manera en que las llamadas “sociedades tradicionales” con–viven con el entorno que les rodea, inclusive en contextos urbanos. Tal es el caso de la interacción afectiva que muchos sostienen con cerros y montañas, es decir, con las wak’as. Entonces, ¿qué es una wak’a? ¿Se trata de una forma simbólica de imaginarse mentalmente la naturaleza?

En general, la literatura que ha conceptualizado lo que es una wak’a (Allen, 2016; Apaza Ticona et al., 1998; Astvaldsson, 2000; Bastien, 1996; Bray, 2015b; Brosseder, 2014; Bugallo & Vilca, 2016; Choque & Spedding, 2009; Choque Copari, 2001; De la Cadena, 2015; Girault, 1988; Jennings & Swenson, 2018; Martínez, 1989; solo por mencionar algunos) es amplia y contradictoria. Y, más que un problema, destaco ese carácter contradictorio como una oportunidad pedagógica. Veamos a qué me refiero.

Caminata por la Wak’a 27 de mayo

Es importante reconocer que hay profundas diferencias ontológicas sobre cómo se concibe la materia y la materialidad entre el pensamiento andino y el moderno–occidental. Esto ha generado confusiones, malentendidos y conflictos. Precisamente, definir una wak’a como un accidente topográfico, como una creencia (religiosa), o como un sistema de símbolos, es muy distinto a entenderla como la intersección de materialidad (enredos productivos entre humanos y el mundo material que constituye la base de la vida social); de agencia (capacidad que las cosas tienen de actuar); y de personeidad (un fenómeno distribuido, contingente y relacional en el que entidades humanas y no–humanas están implicadas) (Bray, 2015a), a lo cual se puede añadir otros aspectos tales como corporeidad, movimiento y afectividad. Esta segunda forma de definir una wak’a es la que prevale en lo que escribo, porque coincide con las interacciones que hace más de 10 años vengo teniendo con distintas wak’as, desde donde aprendí que estas entidades pueden ser muchas cosas a la vez, de acuerdo a sus múltiples formas y conexiones vitales.

Es interesante cómo el Inca Garcilaso de la Vega definía una wak’a en este sentido: como figuras de hombres, aves y animales que se entregaba como ofrendas; como templos y sepulcros; como rincones de las casas; como lugares especiales desde donde las entidades se comunicaban con los hombres sabios; como todo aquello considerado singular y hermoso; como todo aquello considerado feo y deforme; como todo aquello que sale de su curso natural (gemelos, huevos de dos yemas, marcas en un cuerpo); como fuentes singularmente caudalosas; y también como grandes montañas. Precisamente, una wak’a puede ser muchas cosas diferentes, o varias de ellas a la vez. Nunca se definen por ser una divinidad objeto de adoración, sino “por la particular ventaja que hazían a las comunes” (De la Vega, 2016; II, cap. 4; I, 72-73).

Por otro lado, una revisión de la literatura que trata el tema de wak’as a nivel local o regional (Arano & Fernández, 2020; Arnold, 2016; Burman, 2012; G. Chuquimia, 2015; L. Chuquimia, 2017; Cruz, 2012; Cruz & Joffre, 2020; Gobierno Autónomo Municipal de La Paz, 2015; Juárez, 2016; Limber, 2016; Oros, 2015; Rodas, 2018; Ticona, 2016; entre otros), muestra estas tensiones, las cuales podremos analizar en otra oportunidad. Por ahora, me queda la impresión de que no tenemos registros, serios y completos, de las wak’as que existen en las ciudades de La Paz y El Alto.

Hay mucho que decir al respecto. Es larga y oscura la historia de violencias que han sufrido las wak’as desde la colonia. Se podría indagar cómo “debajo” de la mayoría de las iglesias más antiguas construidas en los diferentes barrios de estas ciudades yacen varias wak’as. Pero, también decir que probablemente sea mejor que se siga desconociendo “a ciencia cierta” dónde están, cuántas son, cómo son sus ajayus [2], y qué les gusta. Por otro lado, si se hiciera algún registro al respecto, es imposible no preguntar cuál sería el entendimiento de conceptos básicos para definirlas como tales: qué es un objeto, qué es una wak’a, qué la define como algo “sagrado” y/o “energético”, y sobre todo, cómo se define su relación con los humanos, más allá del viejo argumento de creencias religiosas, costumbres o tradiciones.

Con todo, creo que es fundamental comprender que las wak’as son mucho más fenómenos culturales o topográficos; que no son fenómenos rurales que están allá afuera, en la “naturaleza”; y que su comprensión demanda considerar el efecto real y tangible que, como seres vivos, tienen en nuestras vidas.

¿Quiénes realmente habitan estas ciudades? La Ciudadanía como problema

¿Es posible conciliar las wak’as, como seres vivos y agentivos, con el concepto de ciudadanía? Permitámonos primero una breve reflexión conceptual sobre el término. Según algunas fuentes (Barañano et al., 2007; Gallino, 2005; Gottdiener & Budd, 2005; Greco, 2009), el concepto ha sido esencial para la conformación de la vida política en el mundo contemporáneo. Ha facilitado la integración del individuo y de los grupos en la ciudad y la existencia y el reconocimiento de ciertos derechos y responsabilidades. A lo largo del tiempo este concepto procuró abarcar más elementos para definirse mejor, pasando por la participación en el gobierno de una ciudad (implicación en su vida política) hasta combinar otros requisitos más allá de lo político (lo económico, centrado en la propiedad de bienes; lo ético, centrado en la autosuficiencia y la libertad).

Sin embargo, la ciudadanía también se convirtió en una forma de exclusión, sobre todo de aquellos que no reúnen determinados requisitos (p.e. pertenecer a un determinado Estado–nación, como ocurre con extranjeros y migrantes). Este concepto sigue fundado en una ‘condición privilegiada’ que es imposible de generalizar. Ni la Declaración Universal de Derechos Humanos (como máxima expresión de la “conciencia jurídica de la Humanidad”) supone una garantía efectiva para su cumplimiento. Además, la actual diferencia entre “derechos humanos” y “derechos fundamentales”, muestra que algunos derechos estarán reservados para aquellos dotados de auténtica protección ante ciertos tribunales. ¿Cómo explicar esto?

La definición hegemónica de ciudadanía está inspirada en Occidente. Referentes como John Locke, la misma Revolución francesa, e Immanuel Kant ofrecieron elementos para tener en la figura del individuo el núcleo fundamental de un pensamiento social. En efecto, ciudadanía se origina en el concepto de ciudad, un lugar donde se despliega todo el potencial individual para alcanzar la libertad y la autorrealización a base de la competencia. Esto decantó en el deseo de pertenecer a ciertos “estratos superiores”, base de la ciudadanía como una identidad particular; en la hegemonía del derecho a la propiedad privada, entre los más reconocidos y valorados; y en la sustitución de la participación directa en la vida política por el uso de representantes individuales que se encargan de elaborar leyes a nombre de los demás.

En cuanto a la ciudadanía como identidad, también se ha observado cómo muchos Estados–nación, de ser “comunidades de ciudadanos”, caracterizados por una identidad compartida, pasaron a verse constituidos por múltiples y enredadas identidades diferenciadas. En numerosos contextos, se evidencia la coexistencia de “culturas heterogéneas”, con casos en que no podría si quiera concebirse el compartir espacios de vecindad. Varias formas de fragmentación social y estatal demandaron políticas para lidiar con la diferencia para garantizar un mínimo grado de integración interna. Emergió la idea de “ciudadanía multicultural” que demandaba “derechos colectivos”, demandando una “comunidad de comunidades (transnacionales)”.

Caminata por la Wak’a 27 de mayo

Los estudios de la migración también destacan los diferentes modos de construir ciudadanía que, desde el sentido de pertenencia y participación social (formas de ser y de hacer de los ciudadanos), ocurrirían entre los habitantes de ciudades como La Paz y El Alto. Por un lado, se destaca el carácter heredado y/o impuesto de los vínculos sociales, asociados a “sociedades tradicionales” (como la aymara); en oposición al carácter electivo de los vínculos –característico del individualismo– propio de una “ciudadanía moderna”. Se destaca diferencias de actitudes, prácticas y compromisos: una ciudadanía propia de una colectividad articulada a partir de principios comunitarios, y una ciudadanía propia del Estado–nación, como modelo de construcción y realización del individuo.

En el primer caso, se observa vínculos asociativos y reivindicaciones que supuestamente son tradicionales, sectarias o incluso fundamentalistas y conversadoras, que solo responden a repertorios culturales en busca de la reproducción y perpetuación resistente de una identidad. Y, dentro de lo que serían actitudes, prácticas y compromisos, se observa vínculos afectivos con el entorno, como es el caso singular de los cerros, miradores y calvarios que se encuentran tanto dentro como en inmediaciones de las ciudades de La Paz y El Alto, y que se cree que se originan simplemente por transmisión cultural, con el objetivo de repetir costumbres de los ancestros. Dos modos distintos de construir ciudadanía que se espera puedan resolverse de manera autónoma entre sus propios representantes.

Es claro que sigue discutiéndose el contenido y alcance del concepto de ciudadanía. Debido a las contradicciones que menciono líneas arriba, algunos proponen su eliminación como concepto aplicable; otros proponen sustituir su carácter nacional por un carácter cosmopolita (todo “ser humano” debiera ser ciudadano por derecho propio). Hay quienes proponen una “ciudadanía social” capaz de reconocer derechos estrictamente económicos y sociales, y así superar lastres morales e ideológicos. También se habla de una ciudadanía “civil”, centrada en los “sujetos de derechos”, que actualmente sería el núcleo esencial del Estado de derecho. Inclusive, dado el avance de nuevas tecnológicas y su efecto en la vida social, económica y política, se surgiere una “ciudadanía postsocial” que estaría en condiciones de integrar nuevas demandas y desafíos del mundo contemporáneo.

Con todo, ninguna modificación conceptual de ciudadanía logró evitar formas de exclusión a la hora de su ejercicio práctico, por lo que no ofrece ninguna garantía de que la sociedad, por más democrática que se precie, logre la integración y la participación plena de todos sus habitantes. Seguimos en proceso de comprender que, alrededor de la idea de ciudadanía, no pueden darse respuestas unívocas y generalizables, o que aun falta integrar otros aspectos, como los afectos o los ajayus presentes en todo lo que existe.

Dada la incapacidad del concepto de ciudadanía de sostener una inclusión efectiva de todos los habitantes de un territorio, no es de sorprender que incluir en el concepto a seres no–humanos (animales, plantas, cerros, ríos, almas, espíritus, entidades, etc.), que tienen un indiscutible efecto en nuestras vidas, todavía sería algo casi impensable e inconcebible. La inclusión de seres no–humanos y más–que–humanos en cualquiera de los criterios que se emplee para definir ciudadanía, nunca fue pertinente. Pero, quizás algo más interesante pueda ocurrir al pensar el asunto desde prácticas afectivas, como es la visita. Veamos.

Caminata por la Wak’a 27 de mayo

Visitar: una forma de radicalizar ciudadanías

Todo parece indicar que ser ciudadano es una idea que proviene de un universalismo republicano que tiene poco que ver con muchas de nuestras experiencias cotidianas con seres como las wak’as. Más allá del multiculturalismo, de la diversidad cultural, y del relativismo cultural, esto es, más allá de los esencialismos culturalistas (que solo ven “lo humano” en todo fenómeno), observemos las dinámicas sociales vigentes que se explicitan en estos conglomerados urbanos.

En otras palabras, asumamos lo cotidiano como poderoso principio de construcción de conocimiento. De hecho, en la práctica, ser ciudadano o no serlo “no se construyen objetiva y subjetivamente en base a principios abstractos o marcos legales, sino, cotidianamente…” (Devillard, 2007). Consideremos, pues, las formas cotidianas de convivencia, de cuidado y de correspondencia entre todas las formas de vida, incluidas las wak’as.

En aymara, tumpaña es una práctica de atención que va más allá del ocio y la curiosidad. Según diferentes contextos y situaciones, tumpaña se entiende como “visitar”, y es capaz de aludir muchas cosas que son constitutivas del sujeto: practicar familia, acompañarse, crear, habilitarse mutuamente, seguir a los mayores, criarse mutuamente, someterse a la vitalidad de todo lo que nos rodea. “Estos son verbos que evocan de manera precisa las dinámicas relacionadoras que revelan, subrayan y crean las múltiples correspondencias de vida.” Es la vida social en constante movimiento, entre casas, familias, vivos y muertos, paisajes, comunidades, cerros y lugares de agua (De Munter, 2016).

En este sentido, durante una visita podemos asumir prácticas concretas que pueden educar nuestra atención para saber convivir. Es una forma de dejarse enseñar por otras formas de ser, de hacer, de estar. Una interesante articulación conceptual (Bertonio, 1612; Carvajal et al., 2001; CONADI, 2011; Layme, 2010) muestra que, alrededor de tumpaña, está el echarse de menos, lo cual viene aparejado con uñjaña, que hace referencia a ver a alguien o a algo, fijar la atención en algo; es decir, mirar si algo está bien. También se articula con el concepto imaña: guardar, que alude a resguardar, proteger, atajar, cuidar, defender y custodiar. De ahí que, visitar una wak’a es llegar a un lugar que es más que solo un mirador.

Caminata por la Wak’a 27 de mayo

De hecho, podría revertirse el concepto de “mirador”, que comúnmente se asocia a muchas wak’as: dejan de ser sitios para el disfrute de paisajes, y se les reconoce como lugares donde uno es visto. Ellas saben mirarnos con atención. Así, visitar implica experiencias que pueden ser transformadoras. Bajamos de las wak’as como seres transformados.

Estas formas de caminar por un territorio nos mostraron muchas cosas. De hecho, las wak’as tienen ajayus, memorías, conflictos y convivencias. Ellas se comunican y se visitan entre sí. Por eso, más que barrios, los lugares que son ocupados e intervienidos por estas entidades son territorios articulados por aspectos que operan más allá de las decisiones humanas. Comprendimos también que una wak’a no pertenece a la dimensión de la naturaleza, pero tampoco al de la cultura. Gracias a nuestra interacción con la wak’a 27 de Mayo, pudimos preguntarnos, escucharnos, recordarnos, compartirnos, festejarnos, visitarnos, y percibirnos mutuamente con el entorno, atestiguando cómo tantos aspectos “culturales”, que se cree son exclusivos de nuestra especie, están directamente inscritos en la “naturaleza”.

Desde el hacer, pudimos comprender que hay mucho más que solo barrios en esta ciudad. Visitando aquel territorio pudimos imaginar –incluso construir–, ciudades que vibran desde convivencias afectivas, y formas de ciudadanía más atentas y comprometidas con un mundo que es más–que–humano. Estos recorridos y sus acciones sensibles nos permitieron sentipensar sobre los compromisos que podríamos tener como habitantes de La Paz y El Alto, reconociendo siempre entornos animados, conscientes e intencionados.

Finalmente, si bien el concepto más integral de ciudadanía quiere hacer referencia a una comunidad de comunidades, de esta visita caminada a una wak’a –teniendo a las wak’as no solo como destino posible en una ciudad, sino como agentes generadores de conocimiento–, emergieron dos preguntas podrían ser incluidas en las políticas de construcción de ciudadanía: ¿cómo estamos dispuestos a vivir comunidad? y ¿con quién(es) podríamos lograr ese objetivo?


[1] Docente e investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas y Arqueológicas, de la UMSA (La Paz, Bolivia). berozo@umsa.bo
[2] El ajayu es una realidad fenoménica que compone todo lo que existe. Es decir, independientemente de que tengamos o no conciencia de ello, todo está vivo porque está compuesto de diferentes flujos energéticos que están inscritos en el cuerpo y que fluyen entre lo visible y lo invisible. Estos flujos energéticos pueden compartirse, desplazarse, modificarse o incluso perderse (para profundizar más al respecto, ver Rozo, 2020).

RENFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Allen, C. (2016). Stones Who Love Me‪. Dimensionality, Enclosure and Petrification in Andean Culture. Archives de Sciences Sociales Des Religions, 174, 327–346. ‬‬
Apaza Ticona, J., Gordillo Condori, V., & Cutipa Flores, S. O. (1998). La crianza mutua en las comunidades aymaras. Asociación Chuyma de Apoyo Rural Chuyma Aru ; PRATEC, Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas.
Arano, S., & Fernández, G. (2020). De iglesias y wak’as. La sacralidad y la agencia del espacio en la trama urbana del valle de La Paz (Bolivia) durante la colonia. Bulletin de l’Institut français d’études andines, 49 (3).
Arnold, D. (2016). Wak’as, objetos poderosos y la personificación de lo material en los Andes meridionales. Pugnas de exégesis sobre la economía religiosa según las experiencias del género. En L. Bugallo & M. Vilca (Eds.), Wak’as, diablos y muertos: Alteridades significantes en el mundo andino (1a. ed, pp. 30–71). Universidad Nacional de Jujuy.
Astvaldsson, A. (with Layme P., F.). (2000). Las voces de los Wak’a. Fuentes principals del poder político aymara (1a ed). CIPCA.
Barañano, A., García, J., Cátedra, M., & Devillard, M. (Eds.). (2007). Diccionario de relaciones interculturales: Diversidad y globalización (1. ed). Editorial Complutense.
Bastien, J. (1996). La montaña del cóndor: Metáfora y ritual en un ayllu andino (F. Vallvé, Trad.). Hisbol.
Bertonio, L. (1612). Vocabulario de la lengua aymara. CERES-IFEA-MUSEF.
Bray, T. L. (2015a). Andean Wak’as and Alternative configurations of person, power and things. En Tamara L. Bray (Ed.), The archaeology of wak’as: Explorations of the sacred in the pre-Columbian Andes (pp. 3–23). University Press of Colorado.
Bray, T. L. (Ed.). (2015b). The archaeology of wak’as: Explorations of the sacred in the pre-Columbian Andes. University Press of Colorado.
Brosseder, C. (2014). The power of huacas: Change and resistance in the Andean world of colonial Peru (1a Ed). University of Texas Press.
Bugallo, L., & Vilca, M. (Eds.). (2016). Wak’as, diablos y muertos: Alteridades significantes en el mundo andino (1a. ed). Universidad Nacional de Jujuy.
Burman, A. (2012). La wak’a y la rebelión. Algunas reflexion Taki Onqoy y un proceso actual. Anales de la Reunión Anual de Etnología, 2, 139–149.
Carvajal, J., Hernández, A., & Ramos, N. (with Cárcamo Luna, C., & Ticona Rojas, J.). (2001). Diccionario ilustrado aymara, español, inglés. Pehuén.
Choque, C., & Spedding, A. (2009). Culto a los uywiris: Comunicación ritual en Anchallani. Instituto Superior Ecuménico Andino de Teología : Editorial Mama Huaco.
Choque Copari, E. (2001). El marani, autoridad que armoniza la crianza de las chacras. Asociación Chuyma de Apoyo Rural. ChuymaAru.
Chuquimia, G. (2015). La palabra de los abuelos: Los espacios sagrados en la territorialidad el canton de Santiago de Huari. Universidad Mayor de San Andrés, DIPGIS (Carreras de Antropología Arqueología-Arqueología, Instituto de Investigaciones Antropológicas y Arqueológicas).
Chuquimia, L. (2017). En La Paz hay 30 apachetas, wak’as y sitios “energéticos”—Diario Pagina Siete [Periódico On-line]. Página Siete. http://www.paginasiete.bo/sociedad/2016/8/28/apachetas-wakas-sitios-energeticos-107835.html
CONADI. (2011). Diccionario trilingüe Aymara—Castellano—Inglés. CONADI.
Cruz, P. (2012). El mundo se explica al andar. Consideraciones en torno a la sacralización del paisaje en los Andes de sur de Bolivia (Potosí, Chuquisaca). Indiana, 29, 221–252.
Cruz, P., & Joffre, R. (2020). Pukara de los wak’a. Cerros, muros concéntricos y divinidades tutelares en el altiplano centro-sur andino. Journal de la Société des américanistes, 106(2), Article 2.
De la Cadena, M. (2015). Earth beings: Ecologies of practice across Andean worlds. Duke University Press.
De la Vega, G. (with González Vigil, R., & Huamán Machaca, J.). (2016). Comentarios reales de los incas I y II (1a). Fondo Editorial.
De Munter, K. (2016). Ontología Relacional y Cosmopraxis, Desde Los Andes. Visitar y Conmemorar Entre Familias Aymara. Chungara: Revista de Antropología Chilena, 1(2), 1–16.
Descola, P. (2012). Más allá de naturaleza y cultura (H. Pons, Trad.). Amorrortu.
Devillard, M. J. (2007). Ciudadano. En A. Barañano, J. García, M. Cátedra, & M. Devillard (Eds.), Diccionario de relaciones interculturales: Diversidad y globalización (1a. ed, pp. 21–23). Editorial Complutense.
Gallino, L. (2005). Diccionario de Sociología (3ª ed). Siglo Veintiuno Editores.
Girault, L. (1988). Rituales en las regiones andinas de Bolivia y Peru. Escuela Profesional Don Cosco.
Gobierno Autónomo Municipal de La Paz. (2015). Markas, Tambos y Waq’as: Los caminos de la memoria de La Paz. Gobierno Autónomo Municipal de La Paz.
Gottdiener, M., & Budd, L. (2005). Key concepts in urban studies. Sage publications.
Greco, O. (2009). Diccionario de sociología: Todos los países del mundo: Síntesis numérica e informativa. Valletta Ediciones.
Jennings, J., & Swenson, E. (Eds.). (2018). Powerful places in the ancient Andes. University of New Mexico Press.
Juárez, I. (2016). Wak’as ancestrales transformadas en miradores de La Paz. Diario Pagina Siete. https://www.paginasiete.bo/gente/2016/6/22/wakas-ancestrales-transformadas-miradores-100348.html
Layme, F. (2010). Diccionario Bilingüe Castellano—Aymara (6ª ed). Layme.
Limber, F. (2016). La curva del Diablo. Wak’a Katari. Independiente.
Martínez, G. (1989). El sistema de los Uywiris en Isluga. En J. Medina (Ed.), Espacio y pensamiento. Andes meridionales. Vol 1 (pp. 13–108). HISBOL.
Oros, V. (2015). Retablos y Piedras Santos. La materialidad de la wak’as. MUSEF.
Rodas, C. (2018). Superposiciones territoriales del pasado y del presente: La modernidad y las apachetas y wak’as en la ciudad de La Paz. Inédito.
Rozo, B. (2020). “Presupuestos ontológicos amerindios sobre el cuerpo/alma. Hacia posibles interpelaciones de la investigación social”. En Dossier Concepciones ontológicas del Cuerpo, el tiempo y lo tangible en una Bolivia contemporánea; B. Rozo, S. Arano, A. Barrientos, y J. Villanueva Eds. Revista Boliviana de Investigación 15 (1): 15–50.
Ticona, E. (2016). En defensa de las wak’as de Chuqiyapu Marka. Escuela Nacional de Formación. http://escuelanacionaldeformacion.blogspot.com/2016/09/en-defensa-de-las-wakas-de-chuqiyapu.html
Viveiros de Castro, E. (2004). Perspectivismo y Multinaturalismo en la América Indígena. En A. Surrallés & P. García (Eds.), Tierra adentro: Territorio indígena y percepción del entorno (pp. 37–82). IWGIA.

AVISO
El CCELP no se hace responsable de las ideas, opiniones y juicios emitidos por los autores y autoras de los artículos recogidos en nuestro blog. Los y las colaboradoras del blog manifiestan de forma independiente su parecer con total autonomía.
Ir al contenido