Diversidades sexuales

Precarización y contradicción en la ciudad participativa

Cultura y Ciudadanía

¿Qué implica experimentar en la ciudad?

26 de abril de 2023

Diego Peris

Lo que hoy tiene de particular la incertidumbre es que existe sin la amenaza de un desastre histórico; y en cambio, está integrada en las prácticas cotidianas de un capitalismo vigoroso (…). La consigna «nada a largo plazo» desorienta la acción planificada, disuelve los vínculos de confianza y compromiso y separa la voluntad del comportamiento. (Richard Sennett)

Para hablar de la ciudad participada construiré un relato a partir de los múltiples estratos que han definido este modelo en la ciudad de Madrid. Me interesa hacer este relato para entender de donde venimos, cuales han sido las diferentes etapas, sus alcances y cuales son las acciones mas relevantes a las que habría que dar continuidad como base para una propuesta de futuro, principalmente desde sus sostenibilidades en el tiempo. Para esto planteo tres grandes estratos, primero uno que abarca desde 1994 al 2008, otro del 2008 al 2015, y un cuarto más pequeño pero muy significativo, del 2015 al 2019. Cada uno tiene un telón de fondo diferente, entre burbujas inmobiliarias, financieras y crisis eternamente recurrentes. Cada contexto aparece diferenciado con unas condiciones económicas y sociales cambiantes, con unos movimientos de base organizados, unas institucionalidades que han ido indagando nuevos modelos y un cambiante proceso en los movimientos colectivos.

A la primera capa la denominaremos capa de la burbuja, esta se sitúa en los años noventa donde España iba muy bien, o al menos eso nos decían. Tras la resaca de nuestra entrada triunfal a una modernidad de gomina y fosforescentes colores, llegaron estos noventas triunfalistas e hiper constructores. Son años de burbuja especulativa y el sector de la construcción está imparable, hay una exagerada sobreproducción del parque inmobiliario. El litoral es sobreexplotado, las costas se masifican, las hipotecas se regalan y las obras públicas de grandes presupuestos proliferan por todo el territorio nacional. Crecen como por generación espontánea museos, aeropuertos y grandes infraestructuras.

Durante toda la década de los 90 los precios de la vivienda se fueron disparando y disparatando. En el año 1999 el precio había subido ya en torno al 180%. Los sueldos ya no daban para pagar las hipotecas que se habían concedido casi sin condiciones. Todos nos acostumbramos a gastar más de la mitad del sueldo en la vivienda. La compra de la vivienda se convirtió en el objetivo básico y el máximo tormento para toda la clase media. La burbuja en la que habitábamos era el compendio del cambio legislativo que ya vimos y de la escasez de vivienda en alquiler: solo un 15%, mientras que en Europa es del 39%. Además, se suman las infinitas viviendas vacías que surgieron de la otra cara de la misma burbuja, la especulativa. Una mercancía de plusvalía segura. La política fiscal favoreció la compra y no el alquiler. Todos estos factores generaron un contexto óptimo para que floreciera la corrupción urbanística y la especulación. Para unos, muy poquitos, España iba pero que muy muy bien.

En el gremio de arquitectos apenas existían voces críticas ante la obvia situación.

Los colegios de arquitectos, las escuelas de arquitectura y los foros profesionales no prestaban ninguna atención ni dedicaban espacio alguno para debatir sobre el modelo de urbanismo triunfante y mucho menos sobre sus consecuencias. La negación de la realidad y la activa participación en el saqueo especulativo ha marcado a este gremio. Sin embargo cierto posicionamiento crítico empezó a surgir tímidamente en algunos honrosos casos y, poco a poco, aparecerán los primeros colectivos que plantean una respuesta alternativa y con vocación transformadora frente a los modos de hacer impuestos por el mercado.

Los contextos de los centros sociales autogestionados2, en la ciudad de Madrid, son los que llevan la vanguardia en cuanto a contestación del estado del país e invención de nuevas redes urbanas y modos de cambiar las cosas. Comenzando en el Centro Social Autogestionado Minuesa 903, en la Ronda de Toledo, y siguiendo con todas las fases de los Labos, entre los años 1997 y 2005. En total fueron cinco: El Laboratorio 1 (1997-1998); El Laboratorio 2 (1999-2001); El Laboratorio 3 (2002-2003); El Laboratorio de Olivar (2003); El Laboratorio en el exilio4Con estas iniciativas ciudadanas, en Madrid se irá formando un gran colectivo variable de gente diversa dispuesta a transformar los modos de organizar las ciudades. Gente que hizo ciudad y definió otro urbanismo.

Podemos hablar de una etapa en la que los colectivos basan y desarrollan su práctica y sus iniciativas desde las prácticas colaborativas, la autogestión y autonomía.

Plantean su acción desde el trabazón social y el compromiso político, y centran su marco de trabajo en los procesos de transformación de la ciudad desde la iniciativas de gestión ciudadana. La organización colectiva en las prácticas artísticas tiene una larga tradición, sin embargo en esta etapa encontramos prácticas comunes que plantean un posicionamiento crítico con un claro giro social. Estos procesos han consolidad un rico tejido de espacios independientes que, si bien no permanece en el tiempo, los proyectos llevados a cabo y las comunidades que los sustentan siguen manteniendo un claro discurso crítico.

En un segundo estrato, que denominaremos capa del 15M, nos ubicamos en plena crisis internacional y con las plazas llenas de personas. Existe una apertura de este movimiento que crece de manera exponencial con el despertar ciudadano. Este período de crisis generó una fractura social que hasta la fecha no se había vivido en democracia en el estado español. La caída del mercado de la vivienda y la crisis financiera global formaron un escenario donde el 20% de la población quedó desempleada. Esto provocó un claro des contento social que se acentuó cuando se realizó un rescate a las entidades bancarias desviando los fondos públicos a intereses privados. Los gurús económicos apuntalaron tal dislate bajo la aseveración de que el rescate era imprescindible para la recuperación económica y la activación del mercado de trabajo. De hecho, amenazaban con la sobrevenida de un colapso total del sistema si este rescate no se producía. Los malos augurios, pese a todo, en cierta medida se cumplieron. El rescate provocó simplemente el saneamiento de las cuentas de las entidades que bloquearon los créditos para empresas, pero el impacto fue nulo en el mercado laboral.

Esta situación alimentó el descontento y provocó las tomas y acampadas, surgiendo el denominado movimiento 15M.

La ciudadanía despertó de un letargo en el que se había instalado en los largos años de burbuja inmobiliaria y comenzó a movilizarse. De las acampadas iniciales se pasaron a la toma de la plazas, posteriormente aparecieron las mareas ciudadanas con diferentes ejes temáticos. Distintos modos de mostrar un sentir común, un descontento e indignación generalizados. Una deuda ilegítima, unas brutales políticas de ajuste, corrupción galopante, instituciones deslegitimadas, un desempleo siempre creciente, el ataque a la Sanidad y Educación públicas, a los derechos laborales y sociales, al medio ambiente, “nos ha hecho confluir en las calles, en las mareas ciudadanas, blanca, verde, roja, naranja, grana, amarilla, negra, azul, violeta… defendiendo nuestros derechos” .

Y rematan:

una sociedad justa y viable sólo será posible si la ciudadanía se une para defender los derechos sociales por encima de los mercados, y la política honesta y la justicia social por encima de los intereses de las élites financieras

De las diferentes mareas destacamos la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o PAH, asociación y movimiento social por el derecho a la vivienda digna surgido en febrero de 2009. Además de apuntar de lleno a la raíz de la problemática estructural de la crisis, su importancia reside en señalar una cuestión novedosa: la de colectivizar los problemas que hasta este momento se han atomizado desde las superestructuras. Este condición sitúa a este movimiento como actor fundamental en el posicionamiento antagonista frente a los modelos de hacer ciudades neoliberales.

Después del 15M se consolida un movimiento de colectivos interesados en prácticas colectivas y colaborativas.

A partir del 2011 aparece un interés en nuevos espacios de gestión ciudadana. Los centros sociales de segunda generación tienen una mayor implicación con el barrio. Las plazas y los jardines comunitarios empiezan a aparecer en la ciudad. Los casos más señalados serán Esta es una plaza, Campo de cebada y El CSA La Tabacalera. Muchos de estos procesos empiezan de manera informal mediante reivindicaciones sociales que deciden, o bien seguir en cierta ilegalidad comprometida o bien negociar con las instituciones para encontrar vías legales de concesiones o autorizaciones en un marco legislativo que no siempre existe. Posteriormente los negociadores suelen encontrar una normalización mediante convenios de cesión nada protocolizados y siempre excepcionales. Estos espacios se convierten en verdaderos laboratorios ciudadanos, lugares de prueba, error y grandes procesos de experimentación donde existía una creciente participación ciudadana más transversalizada. Han servido de ejemplo a muchos profesionales al encontrar vías posibles de acción colectiva.

En un primer momento y de manera fugaz, esta posibilidad desembocó en un crecimiento de masa crítica, que pese a las promesas, pronto se vació de su sentido más comprometido y pasó a generar una estetización de las prácticas que siguieron llamándose colaborativas, pese a haber perdido el vínculo real con un contexto en conflicto. Se desactivaron. La sostenibilidad de estas prácticas empezó a tener una dependencia de programas públicos por lo que, a pesar de incrementarse muchos proyectos y colectivos durante este período, muchos de ellos desaparecieron o se transformaron en espacios profesionales convencionales. Nuevamente, es en el movimiento de afectados por la hipoteca donde encontramos un claro referente de sostenibilidad y de comunidad a partir de un proceso que hace referencia permanente a la autoorganización y la colectivización de las reivindicaciones.

El tercer y último estrato lo denominamos capa del municipalismo , donde se institucionalizan las prácticas colaborativas en torno al construir ciudad. Las reivindicaciones ciudadanas son incorporadas a programas y políticas públicas en el marco de un concepto de público social, con la cesión de espacios para gestión ciudadana, el programa de huertos urbanos y las intervenciones urbanas financiadas por instituciones. Muchas reivindicaciones ciudadanas son anuladas al pasar por el filtro de la institución. Muchas prácticas reivindicativas y prácticas ciudadanas de base se dulcifican y son vehiculadas a programas encorsetados por la normativa municipal. Las instituciones refuerzan sus programas tanto en contenidos como en lo presupuestario, y extienden sus políticas a los barrios mediante intervenciones pop-up participativas.

Este momento supuso una polarización de los agentes y de los movimientos de base. Unos se han perpetuado en su espacio natural de antagonismo reivindicando otro modelo de ciudad que posibilite el derecho a la ciudad, y otros se han amoldado a la institucionalización de lo colaborativo. Esta nueva condición es sintomática de la creciente despolitización, y es quizás también la manifestación de que este sector una vez más no está a la altura de los acontecimientos. El arribismo rampante es la generalidad que forma parte de la comparsa de los pseudo procesos participativos, los que proliferan a la par que los post-it de colores. Los profesionales una vez más se desligan de la realidad social, aunque aún quedan algunos espacios colectivos que trabajan propuestas de calado y gran interés, pero su falta de estructura como masa crítica hace que se diluyan frente a la gran maquinaria del otro lado.

En paralelo, el modelo neoliberal continuaba avanzando a sus anchas y la ciudad de Madrid se ve golpeada por el nuevo fenómeno mundial de turistificación 6. El modelo airbnb tiene en muy poco tiempo un impacto brutal en la ciudad alterando de nuevo el mercado de la vivienda. En muchos barrios la presencia de estos operadores ha supuesto un impacto importante y muy veloz, ocupando un 20% del parque inmobiliario en unos pocos años. Este fenómeno que apuntala una gentrificación express, está suponiendo la expulsión masiva en muchos de los barrios centrales de la ciudad.

El turismo en masa fue modificando a gran velocidad la vida en MadridUna suerte de ciudad escaparate que conlleva la subida del precio de la vivienda en todos los distritos, la expulsión de las vecinas y vecinos, la pérdida, e imposibilidad de regeneración de vínculos y redes vecinales.

Este modelo turístico se fue construyendo sobre una creciente precariedad laboral en el sector, en torno a una nueva burbuja inmobiliaria y sin tener en cuenta a las vecinas y vecinos que habitábamos y dábamos sentido a la ciudad. El centro fue el epicentro, pero la onda expansiva ha ido afectando a toda la urbe. Barrios periféricos están en el punto de mira de los grandes especuladores, la subida de precios se contagia y gran parte de la población se ve obligada a desplazarse, encareciendo los precios y haciendo que toda la ciudad se transforme. Esto hasta la llegada de la crisis socio sanitaria que abre otros problemas, evidencia otras precarizaciones y oculta muchas de esta dinámica bajo la comunicación masiva respecto a la pandemia. En estos momentos confusos existe un sentimiento de frustración y pérdida de lo que pudo ser. La autocrítica colectiva tiene una tarea amplia para hacer una revisión de este proceso, cómo el despertar colectivo se ha transformado en un nuevo letargo, por qué se han desactivado y desarticulado algunos movimientos claves en los procesos de transformación de ciudad, y cuáles son las consecuencias, sobre todo respecto a la coyuntura actual. Esta deriva ha propiciado la puesta en crisis de las prácticas colaborativas asociadas a ello y requiere una reformulación que está pendiente de resolver en un nuevo espacio social y político. Probablemente se requieran nuevas herramientas que hasta el momento no existen y es necesario alimentar un pensamiento crítico más necesario que nunca en los tiempos que corren, para repensar la ciudad, el espacio público y la participación en este nuevo contexto.


Este artículo forma parte del ciclo de conversatorios ¿Qué implica experimentar la ciudad? realizados como parte del proyecto en red Experimenta Ciudad realizados de manera virtual entre los meses de octubre y noviembre de 2020 con la coordinación de Grigri Projects


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