Diversidades sexuales

Por un museo situado: Experiencia Colectiva de otros modos de habitarlo

19 de julio de 2020

Cuestión de lengua

Ana Longoni

Empiezo a escribir estas líneas el domingo 27 de septiembre de 2020, mientras están sesionando en el museo dos pequeños grupos, cada uno integrado por cinco trabajadoras de hogar y cuidados, junto a una médica, en un taller de capacitación sanitaria sobre COVID. Ocho horas más tarde, salieron de allí, avanzada la tarde, recorriendo los pasillos vacíos, el muelle y el parking, dado que el museo estaba ya cerrado al público, aunque abierto a esa experiencia de formación de referentes en sus comunidades y colectivos.

Retomo el texto para concluirlo, casi un mes después, la noche del jueves 22 de octubre. Este martes pasado, día en que el museo no abre, a las exactas siete de la tarde, llegan -todas juntas por la puerta de personal de la calle Santa Isabel- un grupo de personas (varias de ellas sin documentos españoles) para empezar la Escuela de español para migrantes que sesionará en distintas zonas del museo dos veces por semana hasta fin de año. Luego de darles la bienvenida, hubo silencio. Silencio de timidez, pensé, o de no encontrar las palabras o quizá de no conocerlas todavía en ese idioma nuevo que vienen a aprender. Silencio, entendí después, de desconcierto: tantas fronteras se cierran a su paso, que l+s sorprende cuando se abre un huequito.

Al día siguiente a la misma hora, en el Auditorio 200 del museo concretamos junto a varios colectivos y asociaciones del barrio, el acto de reconocimiento de la red ciudadana de personas intérpretes-mediadoras:  una a una, subieron al escenario y fueron aplaudidas y homenajeadas treinta y ocho  personas que desde inicios de la pandemia vienen trabajando voluntariamente y sin recibir nada a cambio traduciendo al wolof, al bengalí, al árabe y a otros idiomas, en mil ocasiones, los diálogos entre el personal sanitario y quienes están enferm+s y no conocen suficientemente el idioma español. Nos explican que lo hacen sencillamente porque sienten que es necesario, por humanidad, por sus ancestros.

Aprendimos en esta pandemia que el derecho a hablar la propia lengua es una cuestión vital de primerísimo orden: la muerte de Mohamed Hussein, vecino bangladesí que tenía un restaurant en el barrio, afectado por COVID y que no recibió asistencia médica a pesar de llamar seis días seguidos al centro de salud fue el triste detonante de ese aprendizaje colectivo que impulsa mucho de lo que estamos haciendo en estos duros meses desde Museo Situado, la red de colaboración entre asociaciones migrantes, colectivos feministas y artísticos del barrio de Lavapiés y el Museo Reina Sofía.

Museo en red

Lavapiés es un barrio en el que conviven distintas comunidades —muchas de origen migrante—, portador de una larga historia de autoorganización, cooperación y luchas por el derecho de tod+s a habitar la ciudad. En los últimos años, como ocurre en muchas otras partes del mundo, se vio intensamente afectado por la gentrificación turística y la especulación inmobiliaria, lo que ha provocado la expulsión sistemática de much+s vecin+s ante el encarecimiento de precios y alquileres.

Museo Situado surgió en marzo de 2018 a partir de la conmoción que produjo la muerte de Mame Mbaye, joven migrante senegalés y miembro del Sindicato de Manteros y Lateros, quien cayó a causa de un infarto en la calle del Oso, a metros de su casa, luego de correr durante horas perseguido por la policía. Mame llevaba trece años viviendo sin papeles en Madrid, sin haber logrado regularizar su situación ni conseguir un permiso de trabajo. El fatal desenlace, que es corolario de la desprotección y vulnerabilidad en la que vivía, desató una encendida e inmediata ola de protestas en el barrio.

Mientras tanto, el museo parecía seguir con su ritmo cotidiano sin parecer percatarse de que todo se convulsionaba alrededor. Fue percibir esa desconexión aquello que impulsó el nacimiento de Museo Situado, a partir de una primera asamblea con l+s vecin+s que ocurrió fuera del museo. Si al principio predominó la desconfianza, poco a poco surgieron las propuestas por habitar el museo: un picnic de l+s vecin+s en el jardín del viejo edificio Sabatini, en pos de recuperar ese espacio verde que hace tiempo había quedado inaccesible, carnets de biblioteca para personas sin papeles, visitas comentadas en lenguas migrantes… Las propuestas se deliberan y aprueban en asambleas que ocurren regularmente, y se decide de manera participativa a qué destinar el presupuesto disponible desde el museo.

El Museo Reina Sofía sostiene desde hace varios años diálogos y colaboraciones con diferentes sujetos y colectivos, en distintas escalas de intervención o incidencia: desde la más próxima y local, a una proyección nacional e internacional. Un museo en red apuesta por una institucionalidad porosa y desbordada, conectada con agentes muy diversos (otros museos, activistas, artistas e investigadores): L’ Internationale, Instituto de la Imaginación Radical, la Red Conceptualismos del Sur, La Fundación de los Comunes, La Laboratoria… Museo  Situado es, entre estas redes, aquella que se relaciona con el entorno más inmediato, colindante con el museo, con el que hasta ahora el museo se había conectado en ocasiones esporádicas o interrumpidas. Entendemos a Lavapiés como un territorio delimitado menos por la geografía que por una trama de afectos, una larga historia en común.

Dos sueños

Pepa Torres, querida referente del activismo del barrio desde hace mucho tiempo y corazón fundante de Museo Situado, soñó -en medio del confinamiento- que durante esa noche se producía un desahucio masivo y cien vecin+s, incluida ella misma, quedaban en la calle. Ante la amedrentadora presencia policial, l+s vecin+s desalojad+s de sus casas se reunían, y se decidían a golpear una discreta puerta escondida del museo, cuya arquitectura une un viejo hospital del siglo XVIII al nuevo edificio, una enorme fortaleza roja y metalizada, que trasluce nada de lo que ocurre allí dentro, ni por donde se entra. Hermético e inaccesible, ajeno y extraño.

En el sueño de Pepa, sin embargo, la puertecita secreta se abría y aparecía yo del otro lado, invitando a l+s vecin+s a entrar por oscuros pasadizos hasta llegar a un antiguo sótano abovedado de ladrillos en donde tod+s respiraban sintiéndose resguardad+s y a salvo. Entonces organizábamos una gran fiesta para bailar y festejar. Celebrábamos que el museo pueda ser (al menos a veces, al menos en este sueño) casa y cobijo de quienes viven a su alrededor.

Cuando Pepa contó su sueño en una asamblea de Museo Situado, sentí que todo cobraba sentido: el estar acá, tan lejos de casa, el trabajar de sol a sombra, el negociar (y a veces confrontar) con lógicas poco proclives a que el museo pueda devenir en ese espacio a habitar por much+s.

Unos meses más tarde, fui yo la que soñé con Pepa. Iba al médico porque me sentía muy cansada y al entrar en la consulta, la médica era ella. No me sorprendía en lo más mínimo encontrarla en ese rol y le contaba cómo estaba, el mal dormir, el agotamiento. Pepa me recetaba venditas. “¿Qué?”, preguntaba yo. Y me mostraba una caja con autoadhesivos de distintas formas y tamaños. “Ah, ¡curitas!”, traducía yo al argentino. Entonces, Pepa me decía que no me fuera todavía, que me tendiera en un sillón, y me imponía las manos. Me desperté con una sensación cálida y feliz en los párpados.

Este intercambio onírico da cuenta, sobre todo, de una inscripción, la de un pacto afectivo y también político entre personas concretas. Pero también de cómo una máquina burocrática compleja, trabada y lenta como un museo estatal de arte contemporáneo puede aliarse con movimientos sociales, con sus urgencias, sus conflictos, sus precipitaciones. Dos temporalidades, dos modos de hacer, dos historias muy distintas que sin embargo pueden encontrarse, aliarse y conjugarse.

El nombre “Museo situado” remite, claro está, a la teoría feminista, y particularmente a Donna Haraway cuando se refiere al conocimiento situado, una práctica de pensamiento que pretende incidir en su entorno, pero que a la vez se deja afectar por ese entorno

Pero en el barrio “situado” resuena a “sitiado”, una connotación militar que los aleja del nombre, que no terminan de hacer propio. Coloquialmente, llaman a nuestra red “agujerear el Reina”: una metáfora muy precisa de cómo algo inaccesible, distante, se puede imaginar y volver espacio del común. Conexiones y boquetes, túneles y puentes, puertas y ventanas, que de a poco van volviendo más porosa a la institución,  ciudadana y del común.

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Este artículo forma parte del ciclo de conversatorios ¿Qué implica experimentar la ciudad? realizados como parte del proyecto en red Experimenta Ciudad difundidos de manera virtual por el Centro Cultural de España entre los meses de octubre y noviembre de 2020 con la coordinación de Grigri Projects.

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